
Vera sigue siendo la mujer que sabe todo y que conoce tanto del amor como de la vida. Hoy Esteban le da su centésima charla de la vida y se anima tomarla de la mano sin pedirle permiso a nadie. Ambos abrieron sus ojos azules tan grande, que parecían cuatro hermosas nubes si el cielo fuera blanco, ahí se quedaron largo rato, callados para no arruinar nada de lo conocido y quietos para no mover nada de lo llevan puesto en sus almas viejas. Minutos después cada uno se fue a dormir, a su cuarto de aquel viejo geriátrico.
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